Entre nota y nota: El silencio
El lenguaje: esa invención del hombre que lo eleva y lo encadena. ¡Qué ironía! Lo que nos permite nombrar el mundo es también lo que nos separa de él. Las palabras son cuchillas que fragmentan la experiencia en pedazos digeribles, pero ¿quién se atreve a saborear el todo?
Pensar es lanzar redes al abismo, y la mente, ese pez que
nunca duerme, se retuerce en la orilla del silencio, buscando sumergirse en las
oscuras aguas donde el Verbo no se oye, donde no hay mandatos divinos ni
nombres que la encadenen.
El silencio: inmutable e indómito, propio de la naturaleza.
Ha provocado pánico y terror en el hombre que dio sus primeros pasos —descalzos
y apresurados— en los peldaños iniciales de su existencia. ¡Qué arrogancia la
suya! Negar al árbol que cae solo porque nadie lo presencia.
¡En el silencio, resistir! No hacen falta testigos ni la voz
sometida al Verbo. El silencio no obedece, no se arrodilla. En él arde la
antorcha de la humanidad, la misma que alumbra los rincones más oscuros de la
mente, donde las palabras ya no alcanzan.
¡No sean estorbo! Pasen la antorcha. El Olimpo ha sido
dejado atrás, y en esta carrera depende de nosotros domar a las bestias que
heredamos: los significados clavados en nuestra cruz, los prejuicios que nos
dictan el deber, las máscaras que nos impiden vernos.
Sólo en el silencio el alma comienza a deslindarse, a
despojarse de lo que no le pertenece, y a vislumbrar, por fin, la posibilidad
de crearse a sí misma. ¡No como repetición, sino como ruptura! ¡No como
herencia, sino como fuego!
¡Silencio, ese verdugo que decapita los dictámenes de la
realeza y alza la voluntad como nuevo soberano! No se trata del sosiego, es puro
movimiento radical. No es vacío, es potencia. En él no hay eco de mandatos ni anáforas:
hay espacio para el estremecimiento que desgarra la carne del pensamiento, para
el temblor que agriete en la conciencia y deje entrar la luz.
¡Y, sin embargo, tan viejo como el tiempo! El lenguaje, nos
moldea como aquellas manos divinas moldearon el barro empantanado de nuestro ser.
De esta manera, no fuimos creados: fuimos construidos. Aquél hábil artesano nos
enseñó a nombrar a cada bestia del paraíso, haciéndonos creer que al nombrarlas
las poseíamos. Pero ¿qué es nombrar sino encadenar? Nos enseñaron a hablar
antes de saber quién habla. ¡Ay fieles obedientes! El silencio no nombra:
revela. En él, la mente deja de reincidir y comienza a crear.
¡Aprieten los dientes! ¡Muérdanse la lengua si es necesario!
Que el dolor del silencio sea el precio de la revelación. Sólo quien se atreve
a callar puede escuchar al mundo. Sólo quien se aparta del ruido de la mente
puede dejar de ver y comenzar a observar. El silencio provoca, en el terreno
árido, la chispa voluntariosa. Arrasa todo desierto de inquietud. De todo aquel
fuego se logra conquistar a la vida.
El silencio es el espacio entre nota y nota; sin él, no hay
melodía, sólo ruido. Aprendí que el silencio flota en las trampas del lenguaje,
surca las engañifas del pensamiento. Lo que no se dice, a veces, es lo único
verdadero.