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Momentos de naturaleza muerta

 Momentos de naturaleza muerta: el tiempo en el que por un instante caigo en el vicio de contemplar los pormenores de donde habito. Me acuesto a dormir sobre una suave tela que el altavoz desprende, y mis sentidos despiertan; reflexiono sobre el absurdo abrigo de piel en el que habito. Cual teatro el telón de mi mirada se abre en una visión particular. De pronto, me fundo en el claroscuro del equilibrio y la armonía, formando parte de los infinitos cuadros del Salón de la Creación.

Entre nota y nota: El silencio

El lenguaje: esa invención del hombre que lo eleva y lo encadena. ¡Qué ironía! Lo que nos permite nombrar el mundo es también lo que nos separa de él. Las palabras son cuchillas que fragmentan la experiencia en pedazos digeribles, pero ¿quién se atreve a saborear el todo? Pensar es lanzar redes al abismo, y la mente, ese pez que nunca duerme, se retuerce en la orilla del silencio, buscando sumergirse en las oscuras aguas donde el Verbo no se oye, donde no hay mandatos divinos ni nombres que la encadenen. El silencio: inmutable e indómito, propio de la naturaleza. Ha provocado pánico y terror en el hombre que dio sus primeros pasos —descalzos y apresurados— en los peldaños iniciales de su existencia. ¡Qué arrogancia la suya! Negar al árbol que cae solo porque nadie lo presencia. ¡En el silencio, resistir! No hacen falta testigos ni la voz sometida al Verbo. El silencio no obedece, no se arrodilla. En él arde la antorcha de la humanidad, la misma que alumbra los rincones más oscuro...